El “Acte del Devallament”, un hito piadoso en la Manises del siglo XXI.
Cada Viernes Santo, cuando la tarde cae sobre la llanura valenciana, Manises contiene el aliento. La luz que cruza las vidrieras de la iglesia de San Juan Bautista abre las puertas de mi memoria. Vuelvo a ser el niño que caminaba junto a su padre, Francisco Gimeno Botet (nombre propio en la historia del “Acte del Devallament”), cuya constancia y fe ciega fueron claves para que jamás dejara de celebrarse. Lo recuerdo con su alba blanca, subiendo las escaleras de madera en medio de un silencio absoluto, roto solo por el golpe seco del martillo al arrancar los clavos; un eco solemne que aún resuena en mi interior.
Ahora, ya adulto, vuelvo a sentir aquella emoción profunda que me estremecía siendo niño. No es un silencio ordinario; es el silencio de un pueblo que reza sin palabras, el silencio de generaciones enteras que aprendieron a llorar mirando una cruz. Y entonces comprendo que la historia ha cerrado su círculo perfecto. Aquel niño que miraba maravillado a su padre sobre el Altar Mayor ya no contempla el acto desde los bancos de la iglesia. El tiempo avanzó inexorablemente y la túnica blanca de la Hermandad de la Soledad terminó convirtiéndose en mi propia piel. Llegó el día en que mis manos, temblorosas pero firmes, sostuvieron por primera vez las sábanas blancas del descendimiento y sintieron el peso sagrado del Cristo muerto. En aquel instante no solo sostenía una imagen: sostenía la memoria de mi padre, la fe de mi familia y el legado espiritual de todo un pueblo.
El destino quiso depositar sobre los hombros de los miembros de la Hermandad de la Soledad una responsabilidad que trasciende cualquier ceremonia. Somos custodios de una emoción colectiva, guardianes de un instante que pertenece al alma de Manises. Cada golpe de martillo debe sonar con la precisión solemne de un reloj antiguo; cada movimiento debe respetar el silencio sagrado del templo; cada gesto debe acompañar con dignidad el descenso del cuerpo de Cristo. Porque en esos minutos no existe el tiempo. Solo existe la emoción contenida de un pueblo entero que observa cómo el Hijo desciende lentamente de la Cruz mientras las lágrimas silenciosas afloran en muchos rostros. Las miradas fijas, los rostros solemnes y el respeto absoluto transforman el templo en algo más que una iglesia: lo convierten en el corazón palpitante de Manises. Allí, bajo la tenue luz del altar y el crujir de las escaleras de madera, el “Devallament de la Creu” deja de ser una representación para convertirse en un sentimiento compartido, en la joya viva de la Semana Santa Manisera.
El Acto del Descendimiento pasó de ceremonia litúrgica a escenificación dramática en la Edad Media, con el objetivo de educar al pueblo. Ante la incomprensión del latín por parte de los fieles, la Iglesia autorizó representaciones visuales y teatrales que permitieron a los creyentes experimentar la Pasión con mayor empatía y realismo. Este Acto narra el episodio evangélico en el que José de Arimatea y Nicodemo descuelgan el cuerpo inerte de Jesús con la ayuda de escaleras y lienzos. Comenzó en Jerusalén y fue introducido en Europa por los frailes franciscanos, siendo un acto sobrio donde clérigos realizaban el descendimiento del Crucificado siguiendo los relatos de los Evangelios. Para dar realismo a la bajada del cuerpo, a partir del siglo XIV comenzaron a tallarse imágenes de Cristo con brazos y piernas articulados, facilitando así el desplazamiento de las manos y el descenso del cuerpo. Una vez abajo, la figura de Cristo suele colocarse en brazos de la Virgen María, la mayoría de las veces bajo la advocación de la Soledad, antes de ser depositada en la urna para el Santo Entierro. Tras el Concilio de Trento, la Iglesia revitalizó estas ceremonias. El Acto se convirtió en una dramatización más compleja, autónoma y con una fuerte carga teatral —el llamado “desenclavo”— donde actores reales y cofrades escenificaban el drama sagrado. Es la culminación de la Pasión: el momento físico en el que termina el sufrimiento terrenal de Jesús y se sella su sacrificio redentor por la humanidad. Litúrgicamente, resalta la Cruz no solo como instrumento de dolor, sino también como trono de victoria y amor. Marca la transición entre la muerte de Jesús —el Viernes Santo— y la espera silenciosa antes de la Resurrección, buscando la participación del pueblo que contempla y vive el dolor de la muerte de Cristo, invitando al arrepentimiento y a la reflexión sobre el pecado. Asimismo, se enfatiza el sufrimiento de María al recibir el cuerpo sin vida de su Hijo, reflejando el dolor humano ante la pérdida y simbolizando el abrazo entre el cielo y la tierra, la vida y la muerte, y la esperanza que nace del amor extremo.
La Semana Santa Manisera hunde sus raíces en la Cofradía de la Sang (1574) y aunque tengo el convencimiento que el “Devallament” se remonta a varios siglos también, los primeros datos que conocemos sobre el Acto vienen de la segunda mitad del siglo XIX, cuando el manisero Don Silvestre Arenes Bellver deja las rentas de una casa de su propiedad, sita en la calle del Angel nº 8, para sufragar los gastos que ocasionara este Acto. Vemos pues que originalmente organizado por la familia Arenes, este acto se celebra cada Viernes Santo en la Parroquia de San Juan Bautista justo antes de la Procesión del Santo Entierro.
Hasta 1936 el Crucificado desenclavado posteriormente salía en la Procesión del Santo Entierro. En 1945, doña Sacramento Vilar Arenes (descendiente de la familia Arenes) sufragó la actual imagen del Cristo del Salvador, una obra de madera de pino, de 1’65 m, con brazos articulados y realizada por el escultor José Martínez Solaz. A lo largo de los años, el desenclavo pasó de manos de los sacerdotes a los hermanos de la Esperanza (década de 1960 hasta 1978 aproximadamente) y a partir de 1979 se hacen cargo un grupo de feligreses —muchos de ellos antiguos miembros de las hermandades— quienes mantuvieron vivo el acto. Por acuerdo del 12 de febrero de 1996 la Junta de Hermandades de la Semana Santa Manisera resuelve que la Hermandad de la Soledad “els negres” organizaría, desarrollaría, se haría cargo de los gastos que ocasionara y velaría por el “Acte del Devallament”, acuerdo vigente en la actualidad.
En sus orígenes, el Acto incluía el Sermón del Descendimiento, sustituido en los años 70 por el de las Siete Palabras. Desde 2014 no hay Sermón y la Hermandad de la Soledad elabora su propio texto basado en la dinámica del desenclavo, creando así los primeros libretos propios del Acto.
No conociendo música propia de este Acto, entre 2008 y 2011 el Cor Ciutat de Manises intervino en el mismo, repitiendo este año 2026 con una colaboración activa en el desarrollo del Acto al que aportó un nutrido coro dirigido por José Vte Fuentes Castilla y figurantes que, unidos a los miembros de la Hdad de la Soledad, han dado un nuevo impulso a este Acto.
La historia del "Acte del Devallament" vive en el corazón de quienes preservan la memoria espiritual de Manises. Destaca la labor de José María Moreno Royo, defensor de la identidad local a través de sus publicaciones, así como de Ángel Coll Belenguer y Domingo Molina Ajenjo, miembros de la Hermandad que siempre realizaron el Acto junto a mi padre, convirtiéndose todos en nombres propios de la historia del “Devallament”.
La Hermandad de la Soledad («els negres») realiza desde 1996 una labor magnífica relacionada con el «Devallament». El año 2026 marca un punto de inflexión. Gracias a la Parroquia San Juan Bautista, la colaboración del Ateneu Cultural Ciutat de Manises y las recientes renovaciones de la Hermandad, el futuro de este valioso acto religioso y cultural de Manises está plenamente garantizado en pleno siglo XXI.
Francisco E. Gimeno Miñana
Mayo de 2026.